domingo, 7 de agosto de 2011

 Décima tercera hipótesis

De Eva
Concepto clave: comunicación.


El versículo Gen. II, 18 que dice “no es bueno que el hombre esté solo”, y el Gen. II, 21-23, donde señala  que “hizo caer sobre Adán un profundo sueño... quitó una de sus costillas y llenó de carne aquel vacío... y de la costilla formó una mujer... carne de mi carne...”, corresponderían al proceso evolutivo que permitió la creación de varón y mujer en la especie humana.

La explicación tradicional de este episodio bíblico ve en él una metáfora con la enseñanza por la cual el Creador deseó que al lado del varón, como su costilla, hubiese una mujer-compañera; y, además, que varón y mujer estuviesen colocados en condiciones de igualdad, en una primigenia alusión al matrimonio.

Esta es, ciertamente, una explicación moral, más orientada  hacia las consecuencias del hecho que a sus orígenes. Sin embargo, una observación analógica con la biología de esta sentencia bíblica, nos conduce a esta premisa: el varón y la mujer no pudieron evolucionar por separado; se debe entender que no provinieron de gérmenes diferentes.

Por tanto, en estricta concordancia con el texto bíblico, debe convenirse que evolucionaron del mismo germen; germen que en algún momento se dividió en dos entidades autónomas especializadas.

Si el uno provino del otro, quiere decir que en un comienzo eran un solo cuerpo y esto, traducido a términos de evolución biológica, indica que algo va de un organismo unicelular a un organismo pluricelular, algo va de la mitosis a la meiosis.

Ese “algo”, es decir, cómo se convirtió un organismo mitótico unicelular asexuado y primigenio en un organismo meiótico pluricelular sexuado y moderno, habría de constituir un gigantesco y definitivo paso evolutivo en el cual se invertiría buena parte del tiempo que abrió el camino a la formación y desarrollo de los metazoos, entre los cuales está el ser humano.

El significado de “un profundo sueño”

Un estudio citado por Llinás (p. 87) cifra este tiempo en unos dos mil millones de años e indica, además, que la aparición de los metazoos ocurrió en los últimos 700 millones de años. De otra parte, la cita de Brock atrás señalada, fija la aparición de los metazoos al final de un período de unos 1.500 millones de años. ¡La biología asexuada ocupó mucho más de la mitad de la evolución!

Este dilatadísimo período se dedicaría a producir un crucial cambio en el comportamiento biológico en general, para hacer posible la formación de la pareja humana en particular. Por su prolongadísima formación, resulta muy comprensible y apropiada la metáfora “... un profundo sueño...”, y el asunto merece, por tanto, al menos una somera explicación, para que el lector lo contextualice en una óptica “evolutiva”, más allá de una simple información académica.


La mitosis es el proceso de división celular asexuado, donde una célula se divide en dos células hijas idénticas; cada una de éstas en otras dos y así sucesivamente, creando una comunidad mitótica autorreplicable. Este es un proceso filogenético primigenio y muy antiguo, común en las bacterias.

  
La meiosis es la división celular sexuada, donde la célula hija diploide u óvulo fecundado, cuyo núcleo (en el humano), contiene 46 cromosomas, se forma por unión de dos gametos progenitores haploides, los que aportan la mitad de la carga genética, 23 cromosomas en su núcleo cada una. Este es un proceso filogenético reciente (Fig. 16), propio de los metazoos.

La diferencia filogenética que hay entre la mitosis y la meiosis es que, en la primera, se producen células hijas genéticamente idénticas y sexualmente no diferenciadas, y en la segunda, se producen células hijas genéticamente distintas y sexualmente diferenciadas: masculino y femenino.

En el ser humano, como en los animales sexuados, hay dos clases de células; las células “somáticas”, diploides, que forman los diversos órganos, cuya división para el crecimiento corporal, se hace mediante la mitosis, y las células “germinativas” diploides, espermatozoides y óvulos, que se dividen por meiosis.

Esto significa que en los humanos, como en los metazoos, el crecimiento y desarrollo individual (ontogénesis) es mitótico y el crecimiento de especie o reproducción (filogénesis) es meiótico.

En el varón ocurre la meiosis por la cual millones de espermatozoos primarios, diploides (44XY), se dividen en espermatocitos secundarios haploides, 22X ó 22Y (22 cromosomas llamados autosomas “A” y 1 cromosoma sexual, X o Y). En la mujer, un ovocito primario, diploide (44XX), se divide mensualmente en óvulos secundarios haploides, 22X (con 22 autosomas “A” y 1 cromosoma sexual, X).

La determinación del género, masculino o femenino, en la descendencia, es un juego aleatorio en el cual la mujer siempre aporta el cromosoma X, y el varón aporta espermatozoides X o Y. 

En el acto reproductivo, sólo un espermatocito haploide X o Y, portador del genoma del padre, se une al azar al ovocito secundario, haploide X, portador del genoma de la madre, para formar un óvulo fecundado diploide que se convertirá en adulto (masculino=44 A+XY, o femenino=44A+XX) genéticamente diferente de sus progenitores, y quien se encargará de continuar el ciclo.

El significado de “no es bueno que esté solo”

Quien espere la historia de cómo un solitario y aburridísimo Adán, un día, sorprendido y admirado, se acerca y traba amistad con cierto ser que descubre entre el follaje, se lleva una decepción. Lástima, no es así. Es preciso adentrarnos en otra fantasía que nos lleva de la mano de la biología, de cómo sí, un solitario (y aburridísimo) organismo unicelular se convierte en un social (y divertido) organismo pluricelular.

Así resulta posible comprender claramente el sentido de la sentencia “... no es bueno que esté solo...”, pues una comunidad mitótica por grande que sea, es en realidad, genéticamente, un solo “ser” 1, repetido tantas veces como unidades tenga la comunidad, y este “ser”, uno de los cuales se trataría del germen precursor del hombre, carece de comunicación vital con otro “ser”. Está y evoluciona “solo”.

La meiosis, 'salto evolutivo' aun inexplicado (Puertas), hizo posible que un “ser” de crecimiento mitótico, se comunicara genómicamente con otro de diferente género, eventualidad ésta que ocurre actualmente en los metazoos, enorme paso evolutivo que abrió el camino a la comunicación humana 2.

Es muy significativo que el azar sea un factor decisorio en la fecundación, permitiendo una más homogénea mezcla de genomas de los progenitores. Este hecho implica, en términos evolutivos, una mayor eficacia en la selección de los individuos más idóneos, así como dar garantía al derecho de toda persona humana para que su propia identidad genética no sea elegida arbitrariamente.

Nótese que la identidad personal, lo que denominamos la “personalidad” 3, es un resultado directo de la meiosis, en una mezcla de genomas que hace imposible que dos personas tengan idéntico genoma, salvo el caso de los gemelos univitelinos, y aun así, curiosamente, suelen pensar diferente. 

En los seres o células mitóticos, todos y cada uno de las unidades que conforman su especie, tienen idéntico genoma y por tanto la misma “personalidad”, razón por la cual, dicho sea de paso, la clonación o copia genética de humanos 1, -mas no de sus órganos cuya formación y crecimiento son mitóticos o por clonación natural-, es una técnica “involutiva o regresiva” puesto que al vulnerarse la diferenciación “personal” garantizada en la meiosis natural, debe necesariamente acarrear consecuencias imprevisibles en el comportamiento psíquico, ético, moral y, por supuesto, fisiológico en el humano clonado. Esta eventualidad constituye conducta punible en la legislación internacional, y entre las cuales está la colombiana 2.

La procedencia de lo femenino

¿Pudo lo femenino o lo masculino derivar uno del otro indistintamente o pudo haber sido un fenómeno evolutivo simultáneo? Debe existir una explicación genética.

De momento se han publicado evidencias e interpretaciones de fenómenos genéticos y fisiológicos que parecen confirmar que lo masculino, procede de lo femenino.

Pero se conoce un gen determinante del sexo masculino en el cromosoma Y, denominado gen SRY 1, que podría pautar un inicio a la solución “bíblica” de este enigma.

Obsérvese que a la simple inspección, de la fórmula genética XY (masculino) pudo surgir la fórmula XX (femenino) y no al contrario, de XX surgir XY puesto que el cromosoma X carece del gen SRY.

Así parece indicar que el cromosoma Y es más antiguo que el cromosoma X. ¿Sería la secuencia... YY à  XY à  XX ... lo que pudo ocurrir?

Pero ¡atención!, para dilucidar esta incógnita, sépase que la explicación evolucionista de la reproducción sexuada es uno de los problemas biológicos más difíciles de comprender en la actualidad (Puertas). Recuérdese que la forma “lógica” de reproducción, es la partenogénesis o la fecundación de óvulos sin la participación de espermatozoides.

La Biblia, pues, no parece ser ajena al proceso de formación de este hecho tan determinante en la evolución humana, vale decir, la creación de varón y mujer como seres sexuados independientes, aquel gigantesco paso evolutivo que permitió no sólo que la reproducción, la transmisión del genoma, pudiese ser un acto de transacción entre dos individuos, sino que también hubiese entre ellos transacción dialéctica de intereses, cosa imposible en los seres de reproducción mitótica.

Es decir, la meiosis constituyó el camino que hizo posible el acto por el cual el Creador delega en el ser humano funciones creadoras de la vida, generando así una poderosa dinámica en el interior mismo del ser humano, basada en la comunicación.

Un anuncio doloroso

Y el Creador sentenció sobre Eva: “con dolor parirás los hijos” (Gen. III, 16). Se trata de una cita importante que también nos remite a la función femenina en la transmisión de la vida y a la comunicación como elemento social de profunda raigambre biológica.

Dícese que a mediados del siglo XIX, época en la que se dio el inicio de la anestesia general moderna, se suscitó una discusión entre algunos prelados y médicos porque aquellos veían con malos ojos que se atendiera bajo anestesia a las madres parturientas, pues no era lo correcto al tenor de la sentencia bíblica. 

Los médicos, a su vez, replicaron diciendo que no lo veían así, puesto que Dios mismo creó la anestesia cuando suministró a Adán “un profundo sueño” al tomar una de sus costillas para formar a Eva. 

Pero el asunto va más allá de una simple anécdota. Como la sentencia Gen. III, 16, ha sido por tradición tomada como un “castigo”, contrástese detenidamente con lo siguiente:
             
Si el advenimiento de los hijos fuese un hecho natural indoloro, se convertiría en un evento trivial, cual si fuese un acto fisiológico común y por ende carecería de importancia tanto familiar como social; en consecuencia, la asistencia en el dolor del parto, que nunca ha sido calificado de patológico, es ante todo un acto solidario de apoyo familiar y social para con la madre, lo que garantiza su acompañamiento y el alivio a su dolor, concurrencia solidaria que propicia el efecto más importante: la bienvenida y atención de la comunidad al recién nacido.

Tal dolor no significa, pues, un castigo, sino el anuncio a la familia y a la sociedad del resultado de la trasmisión del genoma.

A manera de reflexión, cabe entenderse que las condiciones fisiológicas del parto, entre otras muchas, como consecuencia de la adquisición del “genoma mortal”, pudieron cambiar lo suficiente como para dar cabida a esta sentencia bíblica.

Y si, por añadidura, varón y mujer han de estar “lado a lado”, cual su costilla, razón de más.

Una metáfora excelente.



1 Similar a las colonias de los cultivos de bacterias observadas cotidianamente en el laboratorio clínico o de biología.
2 Este salto evolutivo sería la culminación del proceso iniciado con la especialización celular dentro de la colonia mitótica, modelando los futuros “órganos”  de los metazoos y dando lugar así, al individuo autónomo, presto a la interrelación con otro.
3 Recuérdese que la base biológica de la personalidad está en la diferente combinación de nucleótidos del código genético del ADN (Adenina, Timina, Guanina y Citocina), lo que admite una ingente cantidad de individuos genéticamente diferentes.
1 El ser humano se forma cuando se completa la meiosis (concepción o fecundación diploide), luego de la unión de los gametos haploides.
2 Art. 133 del código penal.
1 Genética médica, 2ª ed, Jorde et al, Ed. Harcourt, 2000.

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