Décima primera hipótesis
Del genoma de Jesús
Concepto clave: inmortal.
La connotación material (genética) y moral (proclividad al desorden) del ‘pecado original’, permite examinar el nacimiento virginal de Jesús. Ya se conoce el fenómeno de la partenogénesis o la fecundación asexuada de un óvulo sin la intervención masculina o de espermatozoides, como se observa en algunas plantas, insectos, roedores y ciertas aves. Vale la pena detenerse un momento sobre este particular.
La partenogénesis es un mecanismo reproductivo muy antiguo y teóricamente la mayoría de las especies podrían haberlo desarrollado más fácilmente que la reproducción sexuada. Se conoce la anfitoquia, cuando se producen hembras y machos, la arrenotoquia, cuando se producen sólo machos y la telitoquia, sólo hembras.
Para los investigadores de este fenómeno es “un completo y sorprendente misterio, aún sin resolver, el por qué las especies que la emplean son una pequeña minoría” 1. Puede afirmarse, entonces, que la reproducción sexuada, en su perspectiva evolutiva, es “milagrosa”, en tanto que la forma de reproducción partenogenética, al ser un proceso reproductivo biológicamente más fácil que la reproducción sexuada es, teóricamente, la fórmula reproductiva “esperable” (hay referencias mal documentadas de tal fenómeno descrito en mujeres, pero, en el contexto aquí descrito, verosímiles).
¿Pero qué evento genéticamente extraordinario pudo ocurrir en la concepción de Jesús, sin la intervención genómica de José? ¿Qué entraña la “concepción inmaculada” de Jesús? Veamos.
Si el “pecado original” se fundamenta en la introducción de una tara o “mancha” genética causal de muerte, en tal caso, para poder explicar que Jesús fue concebido “sin pecado”, es lícito considerar que su concepción fue inmortal, “sin mancha”, es decir, adquirió el “genoma original” de Adán y Eva, y por ende, Él mismo no se constituyó en portador de proclividad al desorden y confirma así su autoridad espiritual, pues no se le puede señalar como pecador.
Cabe reflexionar, que si Jesús hubiese sido engendrado “mortal”, su fecundación “especial”, en términos “genómicos”, no iría más allá de ser un trámite simbólico e inocuo y, en este sentido, no se diferenciaría del común de los hombres.
Pero, ¿cómo se explicaría, en términos empíricos, que Jesús haya nacido inmortal? Una de las leyes de la genética es que el hijo no puede tener características genéticas que no estén en sus progenitores.
En este caso, para que sea explicable, cabe admitir que la “Virgen”, su única progenitora, también debería ser poseedora del atributo “inmortal”, atributo que fue transmitido genéticamente a su hijo, y en Ella, a su vez, de sus progenitores.
¿Fueron estos inmortales? No necesariamente, si consideramos que fueron concebidos sexualmente en un juego aleatorio de genes. Éstos, el “filum” o los progenitores de María (Pueblo escogido), poseerían en forma recesiva (no manifiesta), “genotipo” inmortal (genes o alelos del carácter “inmortal”) mas no el “fenotipo” inmortal (manifiesta), caso éste que sí debió ocurrir en María 1 ¿Cómo pudo ocurrir este evento, genéticamente extraordinario?
Es muy factible que la misión principal por la cual se conformó el “pueblo escogido”, era producir de nuevo un ser inmortal, a partir de un genoma previamente degradado. ¿La cohorte de Dios, a través de la cual se transmitiría el carácter genético “inmortal”?
Si fue así, ¿Pueden suponerse bases fisiológicas para lograr tal resultado evolutivo una vez más?
Partamos de esta muy probable noción: el ser humano pudo inducir con su inteligencia, cambios estructurales y funcionales en su devenir evolutivo.
El tálamo, aquel núcleo encefálico encargado de correlacionar e integrar todos los estímulos procedentes del exterior antes de ingresar a la corteza cerebral, allí donde se inicia la “conciencia” de tales estímulos, allí donde se “concentra” la atención para ejecutar los actos eficientemente 1, pudo desempeñar, en este caso, un papel determinante en su orientación evolutiva.
Esta orientación, entendida como la idiosincrasia de un pueblo, no fue igual en las comunidades. Aquí, precisamente, pudo operar el hilo invisible que guiaba al “pueblo escogido” para crear las condiciones que producirían, de nuevo, un ser inmortal.
En apretada síntesis de lo anteriormente expuesto, podría afirmarse que lo “difícil” fue formar a la Virgen 2, y lo “fácil”, fue formar a Jesús 3, libres del pecado de Adán y Eva, es decir, inmortales. En fin, debe existir una explicación biológica que lo admita. Jesús, como evidencia, fue hijo de una Madre real, no simbólica. Y “virgen”, vale decir, no mezcló su genoma, debido a su reproducción asexuada.
El celibato de Jesús
De igual manera, ¿es posible aproximarse tentativamente, dentro de las analogías hipotéticas antes señaladas, a una explicación racional del por qué Jesús no contrajo nupcias y por qué no quiso tener hijos?
La aparente contradicción por la cual si Jesús instituyó el matrimonio varón-mujer sin que Él mismo contrajera nupcias, no obedecería, en este orden de ideas, a ciertas explicaciones que pretenden afirmar, además de las meramente pragmáticas 1, que el acto sexual es, de suyo, “pecaminoso” y por lo tanto no está bien que Jesús incurra en tal pecado.
Lo que sí representaría una inexplicable paradoja, es que el Jesús-inmortal, que vino a librarnos de pecado, entendido éste como una tara genética mortal inductora de proclividad al desorden, fomentara Él mismo la creación de “pecadores”, sus hijos y descendencia, teniendo hijos con el genoma “pecador” de Adán y Eva proveniente de la mezcla de su genoma, con el genoma “mortal” de quien fuera su esposa.
Visto así, y acorde con la proposición de San Agustín, lógico es pensar que Jesús no contrajo nupcias 2, ni tuvo hijos, porque Él no podía, o mejor, decidió no ser “conductor del pecado original”.
Idéntico raciocinio cabe para aproximarse a una (propuesta de) justificación sobre la tradición católica del celibato en sus sacerdotes-varones (convertida en ley en el s. VI y derogada recientemente por el sínodo de obispos). Similar raciocinio cabe para las mujeres que optan por esta conducta. No debe ser, simplemente, por una imitación ritualista o de solidaridad de cuerpo con el Jesús-varón-célibe, como es la aceptación tradicional.
Es, consecuente con esta hipótesis, para no constituirse en transmisores del “pecado original”.
Se trata, en este caso, de una razón ritual de significado genómico real, no simbólico, más allá de motivaciones expiativas, pragmáticas o disciplinarias.
¿Debería el ser humano, entonces, en aplicación estricta de esta conducta de Jesús, abstenerse de transmitir el genoma? De ninguna manera. Ya vimos que el acto sexual (y la reproducción), en sí mismo, es inocente. Su “culpa” es ser transmisor de un genoma perversamente degradado por nuestros progenitores.
Esto último, el “pecado” de Adán y Eva, es el punto donde Jesús intervino con el dedo acusador y, consecuentemente, con su misión reparativa (Coherente con esta analogía: Eva generó o 'indujo' a Adán en la 'muerte'; María generó o 'parió' a Jesús para la 'resurrección').
Y también explica su intención al legitimar el matrimonio, pues los herederos de Adán y Eva no somos los culpables del “pecado original”; somos, sí, partícipes hereditarios, en igualdad de condiciones, de sus consecuencias, biológica y moral, haciéndonos por esto pecadores (al igual que la diabetes: el hijo no es culpable de serlo, pero lo es tanto como su progenitor).
De otra parte, obsérvese que Jesús designó como sucesor suyo a Pedro, siendo él, hombre casado y con todo el derecho a tener sus hijos y a designar como apóstoles de su Iglesia a otros en similar condición.
Bajo esta consideración se deduce que no es la relación de pareja lo que Jesús objeta, sino la implicación genómica en el origen de la muerte, y no hay duda que en el debate del lugar que ocupa el celibato en el entorno ritual, ha de considerar los aspectos biológicos descritos.
1 Puertas, M, J; Genética. Fundamentos y perspectivas; 2ª ed; McGraw Hill Interamericana; Madrid; 1999.
1 Los padres pueden tener un carácter genético “silencioso”, que mezclados, se tornan “manifiestos” en el hijo, en este caso, en María.
1 Práctica corriente observada en muchos individuos capaces de modificar, a voluntad, muchos parámetros fisiológicos. Por ejemplo, la concentración del deportista, del músico, la actitud contrita en la oración o de quien quiere ejecutar un acto cuidadosamente.
2 Producto evolutivo del “pueblo escogido”, después del “pecado original”.
3 Producto de un período gestacional partenogenético.
1 Se argumenta que al poseer una familia, lo limitaría en su disponibilidad para la acción evangelizadora.
2 En su momento histórico, el celibato era una condición social anómala, por tanto, tal condición debía ser una decisión personal muy motivada.

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