domingo, 7 de agosto de 2011

Prefacio 

El ‘Paraíso Terrenal’, un tema que a pocos importa pero a nadie pasa desapercibido


Históricamente se conocen más de ochenta hipótesis documentadas de aventuras arqueológicas fallidas a lo largo de los siglos 1, que pretenden dar cuenta de la posible ubicación del Paraíso Terrenal; ese lugar bíblico, plasmado en leyendas y mapas, donde nacieron Adán y Eva y de donde posteriormente fueron expulsados (Gen. III, 23), ubicado, según intérpretes de las Escrituras, entre los conocidísimos ríos Tigris (Hidekel) y Éufrates y otros dos desconocidos, el Geón (Gihón) en Etiopía y el Fisón (Pisón), indeterminado.
                                 
El último navegante que se esforzó por hallar el Paraíso Terrenal fue Cristóbal Colón, quien marchando hacia Occidente se proponía llegar al Oriente, lugar donde Dios habría preparado el jardín de delicias para su primer huésped 1.

Pero, fantasiosa o no, ¿la Biblia habla de un ‘Paraíso Terrenal’? No.

Entiéndase que esta metáfora no fue un invento bíblico sino procedente de la antiquísima y prebíblica epopeya ‘Gilgamesh’, en referencia a la inmortalidad.

Es una errónea asociación de ideas definir el concepto “Paraíso”, que sí es bíblico y tiene significado propio, con la metáfora que trata de explicarlo. 

Entender textualmente la metáfora del ‘Paraíso’ como un lugar representado por unos árboles y unos ríos, es metodológicamente equivocado. Es como decir: “tus ojos son dos soles”, y a continuación deducir que ellos emanan rayos luminosos. Por esto es lícito pensar que el ‘Paraíso’ bíblico puede no responder a una entidad geográfica. 

Este es el propósito (no obstante, hipotético) de este ensayo: vislumbrar el “Paraíso” a partir de los datos aportados por su metáfora.

Introducción

Lo inconmensurable, llevado al gran público por dos frentes de investigación científica que nos sorprende (y nos maravilla), gracias a la T.V. Uno, la infinita inmensidad, de la mano de la astrofísica, ‘parcialmente’ explicada por Einstein, y otro, la infinita pequeñez, de la mano de la física cuántica, ‘parcialmente’ explicada por Planck. Parcialmente explicadas porque siendo, en apariencia, diferencias de tamaño, una y otra teoría no son compatibles entre sí.

Gracias a un error de cálculo de Stephen Hawking, quien, estudiando los agujeros negros, vio allí el fin de todo y dedujo que el universo carece de memoria, por lo que fue necesario, para su corrección (apuesta ganada por John Preskill), crear una nueva teoría, la teoría de las cuerdas o branas (membranas), que permitió la interacción matemática entre el gran mundo y el pequeño mundo. Los expertos concuerdan en que cuanto más se avanza en estos terrenos, hay más preguntas, y hay menos respuestas.

El universo entraña una premisa ‘científica’ difícil de ignorar: el misterio. Y, guardadas las proporciones, nos conduce a esta otra premisa: nuestro entorno está compuesto por un ‘misterio’ infinitamente gigantesco, frente a un ‘conocimiento’ infinitamente pequeño, no obstante los avances científicos en todos los campos del saber.

Sin embargo estos dos frentes de investigación y conocimiento sólo contemplan un aspecto de este misterio: la materia.

Habría sido absolutamente imposible, siquiera imaginar la existencia de estos universos, si no existiese otro ‘misterio’ que ha escapado a todo telescopio y a todo microscopio: la psiquis (pensamiento, espíritu, como lo quieran denominar). Si la teoría de las cuerdas, que básicamente entiende a los pequeños elementos o cuantos, no como puntos sino como líneas tridimensionales o membranas, implicó mucho desvelo de muchos investigadores, cómo imaginar lo que significará una teoría que se aproxime a la explicación de cómo la materia admite paso al pensamiento. Teoría que debe pasar por otro ‘misterio’ que (aparentemente) escapó a estos físicos, Einstein y Planck: la biología.

Un 'misterio' porque la física (De Einstein y Planck) es ‘entrópica’ (tercera ley de la termodinámica: la tendencia natural de todos los sistemas es hacia el desorden), y la biología, no parece serlo. 


“La biología es un fenómeno altamente ordenado e improbable que supera cualquier disposición fortuita, no se le puede comprender como una simple confluencia de elementos. Baste con comparar la composición física de la tierra con la de las células, muy diferentes entre sí, para comprender que éstas  no son el resultado de una colección de elementos químicos dispuestos al azar sino un sistema muy selectivo” (Brock; biología de los microorganismos; 8 ed. revisada; 2000), regido por una ‘fuerza’ que no tiende al desorden sino al orden, una fuerza antientrópica creadora de un nuevo orden que no puede ser explicada por simple confluencia de fuerzas químicas o físicas. 

Quizás Einstein y Planck no se ‘entendieron’ porque omitieron a la biología en sus cálculos (De hecho Einstein dedicó sus últimos años a una fórmula unificadora, sin lograrlo).

Pero cuando confrontamos estos dos grandes misterios, materia y espíritu, la maravilla deviene en incredulidad. Incredulidad que ha generado dos grandes vertientes filosóficas: El espíritu se ‘deriva’ y es expresión de la materia, de una parte, y de otra, el espíritu humano tiene ‘existencia’ propia.

Las hipótesis que plantea el ensayo, no comparten ni la una ni la otra filosofías. Al espíritu humano lo entiende como una entidad, ciertamente misteriosa, que ni es un ‘producto’ evolutivo ni es una entidad cuya ‘existencia’ esté por fuera de un sustrato biológico. 

Y estas catorce (14) hipótesis parten de dos atrevimientos: primero, de las afirmaciones bíblicas, y segundo, que la biología luce ‘antientrópica’. Tales atrevimientos conducen los términos del ensayo no obstante encontrarme a años luz de cualquier ecuación que se aproxime a este mito. Pero me asiste la mano cartesiana de Einstein cuando dijo: “nada más práctico que una buena teoría”. Entonces, intentemos un acercamiento a la metáfora.


1 www. Bitácora Internacional.
1 William Blake, 1757-1827.

No hay comentarios:

Publicar un comentario