Décima segunda hipótesis
De la inmortalidad
Concepto clave: ausencia de entropía.
No resulta lógico admitir que la sentencia bíblica “... vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado...” (Gen. III, 19), sea una perogrullada. Significa, llanamente, que el hombre no se confundía con la tierra de la que fue formado. No moría.
Si aceptásemos que Adán y Eva fueron creados mortales, no sería posible atribuirles el hecho de morir; ésta no sería su responsabilidad ni efecto de su rebelión y carecería de todo sentido, y seriedad, la advertencia: “no comas... porque infaliblemente morirás”. No podría ser una simple advertencia de botica.
Ya vimos que la muerte se refiere a la extinción física de la vida. El concepto “muerte espiritual” es insostenible, porque el alma se asume como inmortal.
La cita bíblica en referencia, permite pensar que probablemente hubo una época en la cual el ser humano (y quizás otros seres vivientes 1), no moría, pero, como se menciona en Gen. III, 24, el ser humano fue desterrado del Paraíso por la muerte, esto es, separación del alma de su cuerpo, por lo cual Dios “colocó delante del paraíso de las delicias un querubín con espada de fuego para guardar el camino que conducía al árbol de la vida”.
Esto puede comprenderse, entonces, como la preservación y preparación de aquellos acontecimientos que habrán de conducir al hombre de nuevo al Paraíso.
Y este retorno no es otro que la resurrección, prueba de lo cual dejó constancia Jesús con la resurrección suya y de otros, eventos descritos en la Biblia, de los que, además, existen referencias históricas serias (y más recientemente se admite -al igual que Hawking-, acorde con la teoría de las cuerdas, que el universo sí tiene memoria. Algo hay allí que permite vislumbrar un futuro que no es simplemente el fin de todo).
Uno de los personajes resucitados, quizás el más olvidado como tal, el mismo día en que lo hizo Jesús, es Dimas, el ladrón, al aseverarle: “... hoy estarás conmigo en el paraíso...” 1.
Etapas de la evolución humana
Es muy difícil admitir que hubo una época en la cual no existía la muerte. Una leyenda dice que “cuando Lucifer se reveló contra Dios y al ser vencido por Mikael, perdió, en su caída, la esmeralda que ostentaba en su frente. Esta esmeralda había estado confiada a Adán y Eva en el Paraíso, después de haber sido tallada en forma de copa por los Ángeles y que les daba el poder de vivir en un Eterno Presente, hasta que un día probaron del fruto prohibido del árbol de bien y del mal y fueron expulsados del Paraíso” (Encarta).
Mas, si hubo un ser humano que no moría, cabe también preguntarse si ocurrió una gigantesca extinción de humanos inmortales y la subsecuente adquisición, en algunos pocos sobrevivientes, de una tara genética hereditaria causante de enfermedad y muerte en la descendencia de una manera universal.
Este punto de vista plantea la hipótesis de la evolución de las especies, o al menos del ser humano, en dos etapas “genéticas” y no en una, pues debe caber una explicación a la creación primigenia inmortal del hombre y su ulterior caída en la muerte.
Las teorías más populares del origen de la vida que conocemos 1, parten desde un germen marino del cual se derivarían cada una de las actuales especies, diferenciándose y especializándose en distintas etapas y saltos genéticos hasta lograr al hombre moderno. La Biblia da luces en ese sentido cuando habla, metafóricamente, de “días”, en el proceso de la Creación.
Análisis más recientes afirman que la aparición de la vida debió formarse sobre rocas superficiales con poca humedad (Brock); tal proceso debió ocurrir en aguas marinas superficiales donde influyeron la luz del sol y otros factores atmosféricos como las descargas eléctricas, gases iónicos, etc 2.
El primer nicho de vida animal surgiría en algún apartado y tranquilo arrecife; unos aprendieron a tomar el oxígeno directamente del agua circundante generando las branquias, otros, en el mismo nicho, aprendieron a tomar el oxígeno directamente del aire circundante generando los pulmones y de allí y para siempre, estos y aquellos se irradiarían hacia lo profundo de los mares, las selvas, los aires; los cetáceos y otros, luego de vagar por las tierras costeras, tornaron al mar sin abandonar su respiración atmosférica, y otros más, los anfibios, no fueron demasiado lejos.
De ser así, se resolvería uno de los enigmas más intrigantes de la paleontología: la ausencia de “eslabones perdidos”, fósiles de criaturas en tránsito del mar a la tierra 1. Simplemente no existieron.
Gamblegrama 2
Solutos de líquidos corporales y del mar.
No existieron porque no es de esperarse evolución retrógrada. ¿Qué impulsaría a un pez abandonar su amplísimo universo? Como tampoco los terrestres hemos abandonado el entorno primigenio: el mar. El líquido intersticial humano, en el que están inmersas las células, tiene la misma proporción de los electrolitos marinos: bicarbonato, sodio, cloro, potasio, calcio, magnesio, sulfatos, y fosfatos; significa ello que nuestras células continúan sumergidas en el mar.
Teoría 'errónea' de la evolución de los animales.
Lo anterior significa que es posible proyectar una perspectiva algo diferente de ciertos paradigmas “evolucionistas” sin que esto implique una ruptura con las sugerencias científicas. Entonces continuemos.
La primera etapa evolutiva, etapa “prehumana”, o mejor, “preconsciente”, durante la cual el desarrollo, sufrimiento y muerte de los individuos carecería de toda trascendencia personal (en igual forma como lo calificamos en los animales), proceso evolutivo en el cual se formó un ser inmortal, sustrato biológico de donde (mediante un “soplo” misterioso) “por fin”, surgió el hombre, proceso evolutivo que culminó exitosamente en los homínidos (¿homo habilis?) Adán y Eva “inmortales y conscientes” (y, desde luego, una población indeterminada, entre los cuales Caín y Abel), quienes, sublevados, sacrificarían, en un ritual satánico (Gen. III, 1-6), seres humanos para consumar sobre el “fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal” su propósito perverso, acto de canibalismo fetichista en el cual debió participar toda la población y con el que lograron su extinción como seres inmortales.
En la segunda etapa, sin solución de continuidad pero con un cambio radical en su configuración genética, el ser humano sobreviviente, “genéticamente mortal y consciente”, reinicia con dolor un tortuoso camino evolutivo marcado por la enfermedad, sufrimiento y muerte, en un devenir épico que recuerda la leyenda mitológica del “Ave Fénix” que revive de sus cenizas.
Decimos camino evolutivo, puesto que al asumir inteligencia, ésta habría de convertirse en un poderoso catalizador adaptativo, indicando con ello que el ser humano induciría por sí mismo, como ya se mencionó, ciertas modificaciones fisiológicas o biológicas hasta lograr la configuración biopsíquica actual.
Y decimos tortuoso y doloroso porque esta vez sí, como nunca antes, cada individuo asume, conscientemente, su propia destrucción.
Se comprende así cabalmente la sentencia Gen. III-19: “mediante el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a confundirte con la tierra de que fuiste formado”, puesto que, cambiadas las condiciones por la pérdida de la inmortalidad biológica sin perder la inmortalidad espiritual y, desde luego, su expresión natural, la conciencia 1, hace que la enfermedad, la muerte y en general la lucha del diario vivir, constituyan elementos “nuevos”, obligatorios y dolorosos asumidos por cada individuo en su desarrollo personal.
La inmortalidad es voluntaria
Pero, ¿cómo explicar el hecho por el cual Adán, Eva y otros, siendo inmortales, murieron? Recurro a Jesús como referencia histórica, pues aporta una posible respuesta que permitiría comprender, en cierta forma, la naturaleza de la inmortalidad perdida. Están como elementos de juicio dos condiciones en apariencia contradictorias: su nacimiento inmortal y su plan de morir por mano ajena.
Si Jesús, asumido como inmortal, aceptó voluntariamente su muerte 1; tal hecho significa que la inmortalidad humana está sujeta a un acto de libertad. Decimos, análogamente, que está sujeta a un acto de libertad porque si Adán y Eva fueron creados inmortales y murieron por su propia mano, consecuencia directa del acto por el cual pretendieron usurpar el poder del Creador tomando para sí el “fruto prohibido”, advertidos de que tal hecho les acarrearía la muerte, ellos, entonces, eran libres de escoger lo uno o lo otro.
Al respecto formularé un cuestionamiento lógico: ¿qué utilidad puede representarle al ser humano poseer un alma inmortal que anima a un cuerpo susceptible de morir?
Debe existir una explicación recíproca. De no ser así, el alma “inmortal” sería un inútil invento y el cuerpo “mortal”, una lamentable pérdida de energía. De algún modo misterioso este hecho, la inmortalidad voluntaria, está diseñada para ofrecerle al ser humano una opción real. Es como si yo tuviese el dinero para hacerme a un libro; puedo tomar la decisión de comprarlo o no, opción que no existiría si no tuviese el dinero.
El que la inmortalidad sea voluntariamente asumida, parece indicar que se trata de un don destinado a crear en todos y cada uno de los individuos la noción de poseer un logro inauditamente feliz y no la obtención de un poder obligatorio.
El significado de “inmortalidad”
¿Es posible señalar algún indicio racional que pueda explicar en qué consistiría la inmortalidad? La respuesta más lógica a esta pregunta, ya insinuada en este ensayo, deriva de este simple razonamiento:
Si el “pecado original” consistió (además de la consecuencia espiritual) en una alteración genética que produjo la enfermedad y con ello la muerte, lógico es pensar que la ausencia de enfermedad y por supuesto del envejecimiento 1, ha de ser, desde luego, la condición biofísica de la inmortalidad. Si la condición mortal está inscrita en el genoma, de igual manera la inmortalidad también.
En efecto, es cosa sabida que la muerte celular, y por supuesto la del organismo, es un evento programado genéticamente, denominado apoptosis, por tanto, si no hay enfermedad, no habrá cabida a la muerte.
Es apenas lógico pensar que al comparar la duración de estas dos opciones genéticas, cabe aceptar que en la primera, (genoma mortal), se trata de una condición “patológica” y en la segunda, (genoma inmortal), corresponde a una condición “normal”. No es posible denominar “normal”, en ningún caso, a un fenómeno o proceso disfuncional, mas si es de duración efímera.
El significado de “Paraíso”
Las teorías que tratan de explicar la fuerza evolutiva de las criaturas biológicas, centran su atención en el comportamiento adaptativo de éstas a lo largo del tiempo, y uno de los principales arquetipos para sus conclusiones está en el estudio de los fósiles. Tal vez parten de las consecuencias y no de las causas.
Si el ADN representa una fuerza antientrópica, un “sistema” de organización de la materia que tiende a perpetuarse y no a destruirse, significa que las fuerzas y directrices evolutivas de los seres biológicos hay que buscarlas, no en las consecuencias, sino en su origen, esto es, en la organización molecular, o más allá, en los mismos átomos. Y tal vez, ¡en la energía que los gobierna! Y Einstein entrevió allí al Creador… “No juega a los dados”. …¡Juega a tres bandas, y no quiere perder!
Por esto, para decirlo de una vez por todas, es posible comprender a qué se refiere la Biblia cuando habla del “Paraíso”.
Retomando el anuncio planteado en la primera hipótesis de este ensayo, del por qué se justifica este extraordinario calificativo, la conclusión lógica es que se trata, nada menos, de aquel “lugar” del universo trabajado segundo a segundo durante todo el tiempo (pasado, presente y futuro): ¡El ser humano inmortal!
¿Pero por qué, cabe la pregunta, debemos suponer que el Creador quiso hacer al hombre inmortal y no como lo conocemos, mortal?
De los planteamientos de este ensayo, surge una respuesta muy sencilla: todo parece indicar que el “reto” de la Creación consiste en formar una entidad antientrópica a partir de una materia prima entrópica. Y más difícil aun, ¡por su propia libertad! 1
Cabe preguntarse una vez más: ¿Acaso por “Paraíso Terrenal” no se refiere, con mayor precisión, a aquella condición en la cual se venció, alguna vez, la entropía?
¿No fue esto lo que perdió el hombre?
De Adán
Cuando se pretende presentar
una explicación del origen del ser humano, surge esta pregunta obligatoria:
¿Adán y Eva, existieron en la realidad?
¿Adán y Eva, existieron en la realidad?
A estos personajes se les suele
identificar como dos figuras mitológicas e inaccesibles a toda consideración
racional. Se les percibe demasiado distantes como para poder ocuparse de ellos.
Pero, curiosamente, así como es
difícil aceptar que existieron, pues quien lo afirma asume la carga de la
prueba, tampoco es fácil aceptar que no existieron.
Si se asume que no existieron, es preciso
admitir, entonces, que de alguna manera el ser humano, tal como lo conocemos
hoy, se formó como una multitud, aquí y allá, en el planeta Tierra, o cabría
también admitir que el ser humano siempre ha existido.
Afirmaciones estas aún menos creíbles,
puesto que, para mencionar sólo el primer caso, resulta absolutamente
inverosímil que determinada especie biológica, dada su extrema complejidad, se
origine y evolucione en varios núcleos por separado y en diferentes condiciones
durante el mismo período de tiempo. Es
más factible ganarse el premio gordo de dos o más loterías el mismo día.
Por tanto, aceptar que hubo un primer
hombre y una primera mujer, es una premisa, una tesis necesaria para explicar
con satisfacción los conocimientos que en la actualidad se tienen de la
historia del ser humano y en general de la biología. Entonces,
esta será una premisa básica de este ensayo: Adán y Eva sí existieron.
Según la hipótesis por la cual evolutivamente se formó un ser biofísico ‘inmortal’, sustrato biológico sobre el cual actuó el “soplo” divino que lo convirtió en ‘hombre’ (consciente), plantea la cuestión del ‘nacimiento’ de Adán. El relato bíblico lo coloca en escena primero que Eva, la tradición lo ha entendido como ‘adulto’ (sin infancia), y no pocos, por generación espontánea.
No es improbable que este ‘sustrato biológico’ corresponda al ‘homo habilis’, o a un primate inteligente, capaz de elaborar herramientas y llevar una vida familiar y social apacible y organizada. Tampoco es improbable que uno de estos individuos haya sido objeto de algún estímulo particular durante una labor rutinaria o de caza, como podría ser una conmoción o un shock cerebral, bien sea por un traumatismo o una descarga eléctrica atmosférica que le trasformó su psiquis, y por primera vez, recuperado de la conmoción, incorporándose y girando lentamente sobre sí, absorto, observó lentamente a su alrededor, observó sus manos y su herramienta de labor y se percató que no sólo podía dirigir sus movimientos sino que ‘supo’ que lo podía hacer a voluntad.
Observó a sus amigos, quienes indiferentes, continuaban plácidamente sus labores y no respondían a sus gesticulaciones. Ya de pie, y sin salir del asombro, ‘se encaminó’, primero a paso lento y luego a veloz carrera, en busca de su madre.
Esta historia uno se la puede imaginar de diversa forma, pero, para que luzca verosimil y no mítica, no se puede perder de vista que debe respetar las leyes de la biología. Pero: ¿inmortal? Aquí está el quid del asunto y el meollo del ensayo: plantear la existencia de una entidad antientrópica (si la inteligencia humana está condenada a desaparecer, entonces, apague y vámonos).
1 Hay alegorías históricas que muestran a humanos y animales inmortales. No debe descartarse la idea de la existencia de otros seres inmortales, si vemos que los caracteres genéticos se heredan filogenéticamente en un proceso de evolución adaptativa.
Los Estromatolitos de Shark Bay, Australia occidental, es el ser vivo bacteriano más antiguo conocido en la actualidad, con más de 2.000 años de existencia.
El ser humano no se haría humano por ser inmortal, sino por poseer alma inmortal.
1 Debe suponerse que Dimas, al igual que Jesús, salió ese mismo día caminando por sus propios medios de su sepulcro. Interesa pensar, que al estar el público pendiente de lo que ocurriría en la tumba de Jesús, y no en la de este pobre hombre, tal episodio pasaría totalmente desapercibido.
1 Influencia del medio ambiente de Jean Baptiste Lamarck, selección natural de Charles Darwin, evolucionismo de Thomas Henry Huxley.
2 El ADN está entre las primeras macromoléculas que así se formaron. (Biología de Villee; Interamericana McGraw Hill; 1996). El origen de la vida animal empezaría por crear el microambiente intracelular diferente al marino, donde la célula desplaza al Sodio+, el catión emperador de los mares, cambiándolo por el Potasio+, el catión emperador de la célula, mediante un nuevo y poderoso sistema de polarización de fuerzas electroquímicas a lado y lado de una membrana, nuevo espacio que permitió desatar todos los procesos vitales en el interior de la célula y su correlación con el entorno.
1 “El gran misterio de la evolución”, Gordon Taylor, Ed. Planeta, 1983.
2 Histograma de los solutos; Gamble, J.L. Harvard University Press, 1954.
1 La conciencia, como el aprendizaje, tiene profunda raíz biológica. La autoidentidad del “yo biológico” expresado en el sistema de defensa inmune o el instinto de conservación, nos demuestran este efecto y su amplísima distribución en el reino animal.
1 Jesús, por sí mismo, desencadenó conscientemente los acontecimientos que condujeron a su muerte. De lo contrario, no podría afirmarse que fue un acto voluntario. Así pudo demostrar con autoridad, ante sí mismo y ante la humanidad, el rescate del genoma humano, resucitando posteriormente.
1 Condición que coloca al ser vivo en mayor vulnerabilidad a la enfermedad y muerte. Nadie muere “sano” ni de “viejo”, sino como resultado de un fenómeno patológico incompatible con la vida. (Vega, Tito; Revista Iberoamericana de Geriatría y Gerontología "Geriátrika". Ed. Alpe Feb 95 Vol. 11 Año 11, Madrid, España).
1 Se comprende que la inteligencia, la conciencia, y el mismo espíritu, carecen de sentido si no existiese la libertad.



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